The China Mail - En el Ártico, una puerta aún entreabierta entre Rusia y Europa

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En el Ártico, una puerta aún entreabierta entre Rusia y Europa
En el Ártico, una puerta aún entreabierta entre Rusia y Europa / Foto: © AFP

En el Ártico, una puerta aún entreabierta entre Rusia y Europa

Con el fusil de asalto cerca y los largavistas apuntando hacia la orilla rusa, surcan el agua a toda velocidad. En el río Pasvikelva, soldados noruegos vigilan la frontera más septentrional de la OTAN, la única aún oficialmente abierta entre Rusia y Europa.

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La onda de choque llegó al Ártico. La guerra en Ucrania cambió la vida en esta región dividida entre una rusofilia histórica, una economía dependiente de los intercambios transfronterizos con el poderoso vecino y una vigilancia necesaria frente a las amenazas híbridas.

En cada margen del río se elevan miradores por encima de las copas de pinos y abedules.

"Cuando llegué aquí a principios de los años 2000, jugábamos al fútbol con los guardias fronterizos rusos", recuerda el sargento Lars Erik Gausen, sentado en el borde de un barco neumático.

Ahora, se observan, se vigilan, apenas se saludan.

En barco, en 4x4, a pie o en moto de nieve, hombres y mujeres de la compañía del Pasvikelva patrulla el río que corre sobre la mitad de los 198 kilómetros de frontera entre Noruega y Rusia.

Fue cruzando su superficie congelada que un presunto desertor del grupo paramilitar ruso Wagner que combatió en Ucrania, Andréiï Medvedev, se fugó para pedir asilo en Noruega en enero.

Una evasión rocambolesca, según su relato, a través de alambradas de púa y bajo las balas de los guardia rusos que se lanzaron con perros detrás de él.

- "Despertador brutal" -

Noruega es el único vecino europeo de Rusia que nunca estuvo en guerra con ella.

"El conflicto en Ucrania fue un despertador brutal para muchos", explica el teniente general Yngve Odlo, jefe del mando operativo noruego. Pero "la actividad (militar) en el Gran Norte es más bien estable".

Hecho poco común, las fuerzas noruegas serían actualmente más numerosas que las tropas rusas en la región fronteriza.

Habitualmente estacionadas cerca, la 200ª brigada de fusileros motorizados y la 61ª brigada de infantería de marina fueron de las primeras en ser enviadas a Ucrania, donde perdieron miles de soldados.

"Seguimos sus actividades y tenemos una buena visión de lo que hacen, pero que haya 1.000 o 10.000 soldados no cambia las cosas", agrega Odlo.

Porque del otro lado de la frontera la península de Kola alberga también la temible flota del Norte y la concentración de armas nucleares más grande del mundo.

A pesar del regreso de la guerra en el continente, Noruega -que siempre ha tenido una diplomacia pragmática- es el último país occidental en mantener su frontera abierta, al menos en los papeles.

El puesto fronterizo de Storskog, a 15 km de la ciudad portuaria de Kirkenes, es el único punto de entrada terrestre para los rusos en el reino escandinavo y el espacio Schengen.

La frontera no está "abierta del todo", precisa Gøran Johansen Stenseth, jefe de la unidad de policía a cargo de controlarla.

De facto, el gobierno noruego ha dejado de entregar visas turísticas a los rusos y cerró su consulado en la vecina ciudad rusa de Murmansk. Los residentes en zonas fronterizas, exentos de visados en virtud de un acuerdo bilateral, vieron cómo sus documentos vencieron tras no haberlos renovado durante la pandemida de covid.

Los cruces de fronteras se volvieron raros y cayeron a 5.600 en junio contra 20.000 a 30.000 por mes hace unos años. En la mayoría de los casos se trata de personas con la doble nacionalidad y pescadores.

- Compartir el bacalao -

Ese día, un autocar de pescadores rusos estaciona delante de la barrera. Mientras sus pasajeros descienden para la inspección de sus equipajes, un perro de la aduana huele el interior del vehículo.

Si bien el resto de Europa ha cerrado sus puertos, Noruega recibe aún barcos pesqueros rusos.

El gobierno noruego justifica esta excepción a las sanciones en la importancia de preservar un precioso acuerdo bilateral que permite administrar de manera conjunta en el mar de Barents el stock de bacalao más grande del mundo.

Sobrevolada de manera permanente por gaviotas chillonas, Kirkenes es uno de los tres puertos noruegos en los que los rusos están autorizados a desembarcar sus capturas.

Esto provoca preocupación en un país que se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de Europa a través de una vasta red de gasoductos submarinos vulnerable como lo demostró la explosión de Nord Stream en el vecino mar Báltico.

Según un documental conjunto de los canales públicos noruegos difundido en abril, Rusia utiliza varias decenas de navíos militares y civiles en el norte de Europa para vigilar posibles acciones de sabotaje.

Equipos de radio de la era soviética habrían sido descubiertos en compartimentos cerrados a llave durante inspecciones de pesqueros rusos.

En enero, dos marinos fueron multados tras haber desembarcado en Kirkenes con vestimentas que parecían uniformes militares. Un episodio que reavivó el fantasma de los "hombrecitos verdes" aparecidos, armados y sin insignia, en Crimea antes de que Rusia anexionase ese territorio en 2014.

- "Son de los nuestros" -

En una colina de la ciudad, un monumento erigido en honor del Ejército Rojo fue nuevamente decorado con una corona de flores con los colores de la bandera rusa.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, esta región fue, junto con la isla danesa de Bornholm, el único territorio europeo donde las tropas soviéticas se retiraron de manera voluntaria tras haberlas liberado de los nazis.

En Kirkenes muchas carteles en la calle están redactados en cirílico, una señales de los vínculos transfronterizos tradicionalmente estrechos.

En la planta baja de la alcaldía, un león noruego baila con un oso ruso, en una estatua destinada a celebrar la amistad entre los dos países.

"No sé cuánto tiempo vamos a dejarla aquí", afirma la alcaldesa.

Desde su oficina, Lena Norum Bergeng tiene una vista directa sobre el consulado de Rusia, un imponente edificio color amarillo con ventanas protegidas por gruesos barrotes, frente al cual cuelgan de los árboles corazones con los colores de Ucrania.

Sobre un total de unas 10.000 personas registradas en el municipio, cerca de 400 son de nacionalidad rusa.

"Son de los nuestros", insiste la alcaldesa laborista.

La invasión de Ucrania en febrero de 2022 hundió a la población en el estupor y la incredulidad primero, y en la tristeza después, afirma.

La propia alcaldesa, a pesar de estar del mismo lado que el gobierno en Oslo, criticó en principio los suministros de armas a Ucrania. Luego, lo aceptó.

- Golpe duro para la economía -

Sin haber tenido tiempo para recuperarse tras la pandemia de covid-19, la economía local de Kirkenes, muy enfocada en Rusia, sufre muchísimo la caída del tráfico transfronterizo.

El principal empleador privado, el grupo Kimek, que vivía esencialmente del mantenimiento de los buques rusos, ya no está autorizado a hacerlo a raíz de las sanciones.

La empresa acaba de anunciar un primera ronda de 20 despidos, de un total de 86.

"Todo el mundo está furioso", dice Kim Rune Lydersen, joven padre de 36 años. "No empezamos esta guerra con Putin. Entendemos que hagan falta sanciones. Pero entonces que el gobierno nos ayude", agrega.

Oslo lo ha hecho y desembolsó 105 millones de coronas (10,35 millones de dólares, o 9,3 millones de euros).

Pero el temor en Kirkenes es que los jóvenes partan a medida que los empleos calificados desaparecen. El mantenimiento de una fuerte presencia en la región es una cuestión de soberanía frente a un vecino imprevisible.

Antes del covid y la guerra, los rusos venían a comprar pañales, café instantáneo, mermeladas y otros bienes de consumo. Los noruegos iban con sus autos a llenar el tanque de combustible a Nikel, del otro lado de la frontera.

Ahora, los pasillos de Spar Kjøp, una tienda que ofrece grandes descuentos y tiene sus carteles escritos en noruego y ruso, están casi vacíos.

"Hay muy, muy pocos rusos que vienen a hacer sus compras", afirma la gerenta Ann Kristin Emmanuelsen.

Entre el corazón y su billetera, Emmanuelsen tiene sentimientos opuestos ante las sanciones.

"Teníamos una relación tan bella con Rusia. Me parece verdaderamente una pena (...) complicarles tanto la vida para que vengan ", dice la chispeante comerciante.

En Barentssekretariat, organización consagrada a la cooperación transfronteriza, los proyectos están paralizados, ya que es imposible trabajar con las universidades y otras instancias estatales rusas.

Para Marit Egholm Jacobsen, responsable de manera interina, se necesitará "al menos" una generación para recuperar la relación armoniosa perdida entre los dos lados de la frontera.

Z.Huang--ThChM