The China Mail - Plan de EEUU en Irán, en vilo

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Plan de EEUU en Irán, en vilo




El 28 de febrero de 2026 las fuerzas de Estados Unidos y de Israel lanzaron una campaña aérea masiva contra Irán bautizada Operación Furia Épica. Las primeras oleadas destruyeron centros de mando de los Guardianes de la Revolución, depósitos de misiles y parte de la flota iraní en el golfo Pérsico, pero no lograron frenar la capacidad militar del país. Casi un mes después, y con los frentes abiertos en el Líbano, Irak, Siria y el estrecho de Ormuz, la administración de Donald Trump intentó abrir la vía diplomática. A través de Pakistán entregó a Teherán un plan de 15 puntos para poner fin a la guerra. La propuesta incluía el desmantelamiento completo de las capacidades nucleares de Irán, la retirada del uranio enriquecido, el fin del apoyo a milicias como Hezbolá o Hamás y la apertura permanente del estrecho de Ormuz. A cambio, Washington se comprometía a levantar las sanciones y a permitir un programa nuclear civil controlado.

Trump presentó el plan como una muestra de fuerza y aseguró que Irán estaba “desesperado” por llegar a un acuerdo. El presidente afirmaba que ya había obtenido garantías de que la República Islámica renunciaría a la bomba y presumía de haber destruido gran parte de la armada y las defensas aéreas iraníes. Las declaraciones coincidieron con el despliegue de unos 3 000 soldados de élite en Oriente Próximo y con nuevas amenazas de bombardear instalaciones energéticas iraníes si Teherán no reabría Ormuz. La Casa Blanca aseguró que las conversaciones eran “productivas”, aunque los hechos en el campo de batalla relataban lo contrario.

Rechazo y contrapropuesta de Irán
Lejos de aceptar la oferta estadounidense, Teherán la consideró humillante. El ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, negó que hubiera cualquier tipo de negociación y declaró que “no planeamos ninguna negociación con el enemigo”. La televisión estatal difundió un contraplan que recoge cinco exigencias: cese total de la agresión y de los asesinatos de dirigentes iraníes; garantías concretas de que Estados Unidos e Israel no volverán a atacar; pago de reparaciones por los daños causados; fin de las hostilidades en todos los frentes y para todos los grupos de resistencia aliados de Irán; y reconocimiento de la soberanía iraní sobre el estrecho de Ormuz. Según funcionarios iraníes, el final de la guerra solo llegará cuando esas condiciones se cumplan.

Irán también utiliza el tiempo como arma. Mientras rechaza el plan estadounidense, ha intensificado los ataques con misiles y drones contra bases de EE.UU. en Kuwait y Arabia Saudí, contra Israel desde Líbano y desde Siria, y ha bloqueado el estrecho de Ormuz, obligando a desviar rutas marítimas. El grupo chií Houthi de Yemen se sumó al conflicto a finales de marzo, abriendo un nuevo frente en el mar Rojo. Para la República Islámica, mantener la presión militar y económica sobre Washington y sus aliados es una forma de ganar fuerza negociadora y demostrar que no está derrotada.

Coste humano y militar
Cuatro semanas de hostilidades han dejado un saldo trágico. Organizaciones de derechos humanos calculan que más de 3 500 iraníes han muerto desde el inicio de la guerra; al menos 1 900 de esas muertes corresponden a ataques estadounidenses e israelíes y más de 20 000 personas resultaron heridas. En Líbano, las autoridades hablan de 1 345 muertos, entre ellos más de un centenar de niños. En Israel los misiles disparados desde Irán y Líbano han causado 19 fallecidos, mientras que 10 soldados israelíes murieron en combates en el sur de Líbano. Estados Unidos reconoce la muerte de 13 militares y decenas de heridos. Otros países del Golfo han sufrido víctimas civiles y militares debido a los ataques cruzados. Millones de personas han abandonado sus hogares en Irán y el Líbano para huir de las bombas.

Las bajas no han frenado la escalada. Washington y Tel Aviv anuncian cada semana la destrucción de cientos de objetivos; Irán presume de haber atacado el portaaviones USS Abraham Lincoln y de haber hundido embarcaciones estadounidenses. Los combates se han extendido a Yemen, Irak y Siria, y los incidentes en el mar se multiplican. La perspectiva de un alto el fuego inmediato parece remota.

Estrategia fallida y críticas internas
Diversos analistas consideran que el plan de 15 puntos es inviable porque no tiene en cuenta la realidad política iraní ni el contexto regional. La ofensiva de febrero, que eliminó a Ali Jamenei y dañó infraestructuras militares, se interpretó en Washington como un triunfo rápido. Sin embargo, la historia demostró lo contrario. Como ya ocurrió en Irak, la sobreconfianza y el predominio del poder aéreo no bastaron para quebrar al régimen. En lugar de colapsar, Irán proclamó un nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, reforzó su narrativa de resistencia y estrechó la cooperación con Rusia y China.

El carácter cambiante de los objetivos de Trump —destruir misiles y drones, aniquilar la marina iraní, frenar el programa nuclear y finalmente promover un “cambio de régimen”— ha dificultado la construcción de una coalición internacional y ha alimentado el escepticismo de aliados europeos. La operación carece de respaldo de Naciones Unidas y de autorización del Congreso estadounidense. Además, la estrategia de delegar en Israel la selección de objetivos ha restado control a Washington y ha arrastrado a EE.UU. a una guerra más amplia. Dentro del propio país surgen voces que reprochan al presidente su arrogancia, la falta de un plan de salida y el caos logístico, sentimiento que también se refleja en foros y redes sociales, donde muchos usuarios cuestionan “la inexistencia de una estrategia” y advierten de que la política exterior se dirige hacia un callejón sin salida.

Impacto sobre la economía y la seguridad global
La prolongación de la guerra ha golpeado duramente a la economía mundial. El bloqueo del estrecho de Ormuz interrumpió el paso de cerca de una quinta parte del petróleo mundial y de casi un tercio del comercio de fertilizantes. Las cotizaciones de Brent superaron los 112 dólares y el barril de West Texas se situó alrededor de 100 dólares, avivando la inflación global. Las bolsas asiáticas, europeas y norteamericanas sufrieron desplomes de hasta un 10% en marzo y los índices de Wall Street entraron en corrección. Cada vez que Trump amenaza con bombardear refinerías o centrales eléctricas iraníes, los mercados reaccionan con nerviosismo.

La crisis energética ha tenido un efecto dominó. Los precios del gas natural se duplicaron en Europa y Asia, disparando el coste de la urea, el fertilizante más utilizado del mundo. En apenas tres semanas el precio de la urea se incrementó un 47 % y podría duplicarse; en España los fertilizantes valen un 20 % más que antes de la guerra. Qatar, principal exportador mundial, paralizó su planta de urea tras el ataque a Ras Laffan, y otros productores como Bangladesh, India o Pakistán recortaron su producción por la falta de gas. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte que los precios globales de los fertilizantes podrían subir entre un 15 % y un 20 % en la primera mitad de 2026. La escasez amenaza la siembra del hemisferio norte: si los agricultores no fertilizan en primavera, no podrán recuperar las pérdidas y la cosecha se resentirá a partir de agosto. El Gobierno español teme una escalada de precios de los alimentos y presión migratoria hacia Europa en 2027.

En Estados Unidos, los granjeros enfrentan un déficit de dos millones de toneladas de urea y contemplan reducir el maíz o rotar hacia cultivos menos exigentes en nitrógeno. A la crisis del nitrógeno se suma la escasez de azufre, esencial para los fertilizantes fosfatados. En los países del Sahel, Yemen, Egipto y otras regiones dependientes de importaciones, la situación es crítica: sin fertilizantes, la producción se hundirá y los precios de los alimentos se dispararán, generando inestabilidad social.

Perspectivas y dilemas
El plan de paz de Washington pretendía detener una guerra que desestabiliza Oriente Próximo y sacude la economía global, pero hasta ahora ha sido recibido con rechazo. Teherán no ve incentivos para ceder mientras la Operación Furia Épica continúe matando a sus civiles y sus líderes. La Casa Blanca insiste en que las conversaciones con Irán están vivas y que la República Islámica acabará aceptando la realidad militar. Sin embargo, el terreno muestra lo contrario: la guerra se extiende, los aliados de Irán se activan y la diplomacia permanece estancada.

En este contexto, la pregunta que muchos se hacen es ¿hasta dónde quieren llegar? El riesgo es que la estrategia de Trump acabe atrapando a Estados Unidos en un conflicto sin salida, con enormes costes humanos y económicos y pocas probabilidades de lograr sus objetivos. La guerra ya ha trastocado los mercados de energía, fertilizantes y alimentos, ha puesto en peligro la seguridad de rutas vitales como Ormuz y ha tensionado alianzas internacionales. Mientras tanto, la población civil en Irán, Líbano, Israel y los países vecinos sigue pagando el precio más alto.