The China Mail - Error de Bruselas con Magyar

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Error de Bruselas con Magyar




La noche del 12 de abril de 2026 marcó un hito en Hungría: Péter Magyar y su partido Tisza obtuvieron 138 de los 199 escaños del parlamento, desbancando al primer ministro Viktor Orbán y a Fidesz, que se quedó con apenas 55 representantes. La victoria, cimentada en un 54 % de los votos, otorgaba a Magyar una mayoría constitucional y la capacidad de aprobar reformas profundas. En Bruselas, la noticia fue recibida con júbilo. La presidenta de la Comisión Europea celebró que los húngaros hubiesen «escogido Europa», mientras el primer ministro polaco Donald Tusk difundía un vídeo de felicitación y se autoproclamaba padrino de la nueva era.

Para muchos líderes europeos la caída de Orbán parecía el final de una pesadilla. Durante 16 años el dirigente húngaro había bloqueado o diluido políticas comunitarias, protegido los intereses de Moscú y Jerusalén y vetado ayudas clave para Ucrania. Su derrota se interpretó como un aval a los valores europeos y un signo de que la extrema derecha retrocedía. Sin embargo, este entusiasmo escondía una grave falta de previsión: los funcionarios comunitarios tenían poco más que un brindis al sol. Las instituciones europeas no habían diseñado un plan para acompañar la transición húngara. Su estrategia seguía siendo confiar en que las urnas lo arreglaran todo, como ya ocurrió en Polonia.

Por qué un cambio de gobierno no basta
El articulista Alberto Alemanno advertía en El País que Bruselas llevaba años posponiendo decisiones estructurales sobre Hungría. La política comunitaria se había reducido a una única apuesta desesperada: esperar que Orbán perdiese las elecciones. Sin embargo, derrotar al líder no equivale a neutralizar su influencia. El nuevo gobierno heredará una arquitectura legal diseñada para perpetuar a Fidesz: un presidente con poder de veto, un Tribunal Constitucional lleno de magistrados leales con mandatos de 12 años y un sistema electoral que dificulta que una mayoría popular se traduzca en una mayoría parlamentaria. Estas «agresiones constitucionales» garantizan que el llamado orbanismo pueda sobrevivir sin su creador.

La experiencia de Polonia ofrece un ejemplo aleccionador. Tras la derrota del partido Ley y Justicia en 2023, la Comisión Europea desbloqueó miles de millones de euros basándose en promesas de reforma. Dos años después, Varsovia sigue luchando contra un aparato judicial capturado y un presidente que bloquea las leyes. La UE celebró demasiado pronto y dejó al nuevo gobierno solo en una batalla desigual. Repetir este error en Budapest sería irresponsable. Sin un plan de «redemocratización» que ayude a desmontar el Estado profundo construido por Fidesz, los recursos europeos corren el riesgo de financiar a la vieja guardia y alimentar nuevas frustraciones sociales.

Un conservador proeuropeo: ¿qué propone Péter Magyar?
Péter Magyar no es un radical de izquierdas; fue funcionario de Fidesz y conoce las entrañas del régimen. Su discurso se centra en el respeto al Estado de derecho, la lucha contra la corrupción y la reapertura económica. Ha prometido restablecer las relaciones con la UE, desbloquear 18 000 millones de euros en fondos congelados y apoyar el préstamo de 90 000 millones para Ucrania. También quiere acelerar las negociaciones de adhesión de Kiev y encaminar a Hungría hacia la neutralidad energética, aunque ha fijado 2035 como fecha para abandonar el petróleo ruso, más tarde que el objetivo de 2027 marcado por Bruselas.

No obstante, Magyar mantendrá algunas de las políticas clave de Orbán. Se opone al pacto migratorio de la UE, mantendrá la valla fronteriza y defenderá los beneficios fiscales que han atraído inversiones chinas y alemanas. Su partido Tisza forma parte del grupo del Partido Popular Europeo y se declara conservador. La nueva mayoría desea una cooperación pragmática con Bruselas pero rechaza cualquier cesión de soberanía. En ese equilibrio entre nacionalismo y europeísmo reside el verdadero error de cálculo de la UE: asumir que una Hungría gobernada por Magyar será totalmente alineada con Bruselas.

Varsovia como nuevo centro de gravedad
Otro aspecto subestimado por la burocracia comunitaria es el efecto regional de la victoria de Tisza. Péter Magyar anunció que su primer viaje oficial será a Varsovia, un gesto que subraya la intención de reconstruir el grupo de Visegrado alrededor de la alianza húngaro‑polaca. Tras años de tensiones, Polonia gana un socio que comparte su apuesta por reforzar el flanco oriental de la OTAN y por vincular las ayudas de la UE con la defensa de Ucrania. Esto dará a Varsovia mayor poder de negociación en Bruselas y aislará al eslovaco Robert Fico, cuyo gobierno populista había encontrado cobertura en los vetos de Orbán.

La cooperación Varsovia–Budapest podría acelerar proyectos como la interconexión energética regional, el corredor ferroviario Báltico‑Adriático o la defensa conjunta contra la influencia rusa. Al mismo tiempo, ambos países podrían coordinarse para suavizar ciertas políticas europeas, especialmente en materia migratoria. Para Bruselas, que confiaba en reducir el margen de maniobra de Polonia tras la salida de Orbán, esta nueva entente significa que Varsovia recuperará protagonismo en el Consejo y el Parlamento europeos.

Ecos populares y advertencias
Entre los ciudadanos de Europa Central reina una mezcla de alivio y escepticismo. Muchos celebran la derrota de Orbán como un momento histórico y esperan que Hungría reconstruya sus instituciones democráticas. Otros recuerdan que Magyar podría ser un “caballo de Troya”, al mantener estructuras conservadoras y alianzas empresariales de la era Fidesz. Comentarios en foros subrayan que no será un gobierno “woke”, sino un proyecto pragmático centrado en la justicia y la eficiencia económica. Hay quien critica que Bruselas condiciona la entrega de fondos a la adopción de sus políticas, acusándola de chantaje y de haber tolerado demasiado tiempo el autoritarismo húngaro.

También hay voces que ven en la elección una victoria de la juventud, hastiada de la corrupción y la nostalgia del pasado. La comparación con Polonia es recurrente: muchos destacan que los conservadores polacos nunca toleraron las relaciones de Orbán con Moscú y celebran la caída del «último amigo de Putin» en la UE. Sin embargo, persiste el temor de que la burocracia europea repita sus errores, confunda una alternancia con una transformación y devuelva el control a las mismas élites que han capturado el Estado durante década y media.

Conclusión
La victoria de Péter Magyar abre una oportunidad para Hungría y para la Unión Europea. Pero la euforia inicial de Bruselas puede transformarse en frustración si no se abordan los obstáculos estructurales. La UE debe acompañar la transición con recursos y asesoramiento, sin caer en la complacencia ni imponer recetas que alimenten el euroescepticismo. Hungría necesita reformas profundas para deshacer el entramado legal y clientelar del orbanismo; de lo contrario, un nuevo gobierno podría quedarse paralizado antes de empezar.

Al mismo tiempo, Polonia refuerza su posición como mediador entre el Este y el Oeste de Europa. La cooperación entre Varsovia y Budapest puede impulsar la defensa del Estado de derecho y acelerar proyectos estratégicos, pero también desafiar ciertas directrices de Bruselas. En este tablero en movimiento, el mayor error de cálculo sería creer que la derrota de Orbán soluciona automáticamente todos los problemas. La historia reciente demuestra que los populismos se reinventan y que la reconstrucción democrática es un proceso largo y frágil.